Punto 1
Hoy no dije. No me atreví.
Punto 2
La próxima vez lo hago.
Hoy apagué la tele porque me aburrió, y no es que me aburra siempre, pero de vez en cuando creo que cansa, y lo peor de todo, mata. No dentro de los parámetros de la literalidad de verse muerto en el piso, pero sí se muere un poco contaminado por los vicios de la pantalla. Pero en realidad no quiero hablar sobre la TV. A nadie le importa. De lo que me gustaría hablar, asumiendo mi ignorancia en torno al tema, es sobre la forma que tenemos de relacionarnos con nuestro entorno. Ese entorno al cual estamos habituados, el entorno que hemos convertido en hábitat de aquí a la eternidad. Y qué preocupante pensar en la eternidad, sobre todo dimensionando en el lugar que habitamos.
Ayer viajaba en la micro, recorría de Ñuñoa hacia el centro y en ese recorrido, que cada día se me hace más habitual, me detuve a pensar en porque ese tipo de comunas son tan perfectas, son tan pulcras, mientras en los márgenes de la ciudad, que es donde vive la mayoría, se genera una suerte de basural institucionalizado. Es ese lugar el que a diario se ve contaminado por la basura que genera la ciudad. No son Vitacura, ni Las Condes, ni Providencia en donde se emplazan los basurales, no son las comunas del sector oriente las que sufren las consecuencias del smog durante el invierno, si no las comunas en donde nos ha tocado vivir, sea Pudahuel, Maipú, Cerro Navia, etc. La verdad es triste saber que nosotros hemos hecho de nuestro entorno el lugar que es. Asumo mi responsabilidad en que muchas veces, espero que haya sido sin darme cuenta, soy un agente contaminante. Pero no puedo obviar el hecho que la injusticia social se extrapola también en el sentido ecológico. No es gratuito que las comunas más ricas de Chile no se vean contaminadas y eso salta a la vista al salir de la casa y viajar por el "barrio alto", en donde las veredas limpias dan paso a los verdes jardines. Así en el invierno sus calles limpias les hace más expedito el viaje a sus habitantes a la cordillera. No existe el barro, no existe la basura. Solo la pureza de calles que no saben de suciedad ni de donde van a parar los desechos que las casas que albergan tiran a la basura. Pero por el otro lado existe otra postal, y para la gran mayoría es fácil de identificar. La de la basura acumulada en las esquinas, la de las calles de tierra que viviendo en un frenesí de fin de mundo comienzan a levantar el polvo mientras circulan los vehículos de la gallada proletaria. Y así nos separamos, en una lucha de clase que por mucho que la nieguen, sigue estando ahí. Porque no somos tontos, porque sabemos que somos iguales, pero vivimos de manera distinta. Porque en cada calle que pisamos vemos el polvo en las zapatillas, pero no aprendemos. Porque volvemos a comprar helado en la micro, y sabiendo que no tiene que ser así, botamos el envase al suelo. De esta forma nos relacionamos con nuestro entorno, a partir de la poca conciencia hacia él y el de los demás, porque no estamos solos en estos espacios, son públicos y al parecer el respeto no lo tenemos ni con el que está al lado ni con lo que tenemos al lado. Así vi a la señora, que con 30 grados de calor recorría el centro atestado, así la vi comprando el helado y botando el envase al suelo. La mire un rato, estuve a punto de decirle que eso no se hace, que si no había basurero que lo guardara en su cartera. Al final callé. No me sentí capaz de decir nada. Di la vuelta y me fui a tomar la micro, tal vez mañana debería hablar.
Ricardo Zavala
Profesor de teatro Liceo Madre Vicencia